viernes, 3 de febrero de 2012

Olas Gigantes

Este año, entre otras cosas, significa mi estancia número 18 en este mundo terrenal con este nombre, cuerpo y vida, y eso más que emocionarme, me entristece considerablemente, a causa de mi complejo de Peter Pan y nunca jamás, pero creo que con cada paso lo voy asimilando un poco, y eso es bastante bueno, así evito una depresión durante el mes de abril.
Para evitar tal desdicha y tener razones de sobra para alegrarme por cumplir años, y por que quería actualizar mi cuaderno de bitácora virtual y no se me ocurría más que este viaje, decidí caligrafiar unas cuantas palabras del mismo.
Espero se manifieste mi alegría en lo descrito.


Habíamos recién llegado y no había rastro de sol, apenas sí eran las tres primeras horas del sábado, pero ahí estábamos nosotros, a la orilla del mar. Es mucho más significativo de lo que puede leerse, estar frente a lo desconocido que lucia más salvaje que de costumbre por que solo se distinguía oscuridad combinada con sonidos fuertes de olas salvajes.

Diez jóvenes que apenas si cruzábamos dos décadas de edad frente aquella masa de agua salada, diez entes fungiendo como el cuerpo que naturalmente cree poder conquistarlo todo, que es irrompible, que lleva en la sangre creer que descubrir y atrever son cargos suyos. Únicamente suyos.

No era la primera vez que me sumergía dentro de aquel soleado paisaje, pero esta vez, debido a que era mi primer viaje acompañado de solo amigos, me sentía libre, indefenso y con ganas de aventuras. Clavar tan solo el nombre en mi mente me provoca una sensación similar a la que sentí cuando corrí descalzo sobre la arena en la madrugada de aquella solitaria playa, me trae escenas de la película que desarrolle debajo del mismo sol que siempre pero sobre otro suelo, me hace vomitar sonrisas y carcajadas. Me da deseos de repetir.

Hace tanto que no salía de vacaciones, pero me refiero a vacaciones en verdad, ya que durante mis anteriores temporales de descanso educacional me quedaba en casa. Así que aproveche y disfrute cada instante, desde el momento en que mi madre se despidió de mis dos individuos y de mí en la cochera de mi casa, tras recibir su bendición. Saboree inclusive la fotografía movible e inestable que se proyectaba tras el cristal del autobús que nos llevo hasta Puerto Vallarta, jugué y me pregunte tantas cosas sobre aquel montaje; por ejemplo: acerca de los descubrimientos que vivieron las personas que hace tantos años atrás construyeron esas carreteras.

Pareciera que desde que llegamos nos adentramos al mar, puesto a que el destino nos movió y balanceo tal y como lo hacían las olas con nuestros cuerpos durante los días siguientes a nuestro arribo. Afortunadamente, aquel olaje del destino estaba interesado en cocinar buenos recuerdos para nosotros. Y nosotros nos aferramos a aquella buena racha que nos estaba dando el Universo.

Dormitar en las bancas frente al mar durante nuestra primer noche, alimentarnos muy poco, cantar canciones bien mexicanas con el señor de la guitarra, orinar en las calles, beber no más que té, vivir un eterno sábado, buscar a uno de nosotros, escribir nombres en la arena, promesas de amor frente al salado ponto, fingir ser extranjeros, bofetadas, caminatas nocturnas por donde se pudiera; son solo algunas pequeñas andanzas de nuestro viaje, grandioso y memorable viaje, que sirvió para crear y fortalecer nuestros lazos.

Me alegra saber que, se cumpla o no la profecía maya, este 2012 haya empezado tan bien y cumpla y supere mis expectativas. Me dan ganas de seguir viviendo, y no sé de donde.

Por cierto, la amo más.